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Huinganco y el bosque como destino: la comunidad que decidió plantar su futuro

Historia, trabajo colectivo y naturaleza viva en una de las experiencias forestales más singulares del país
Alto Neuquén
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Huinganco aparece hoy como una postal distinta del norte neuquino. No es solo un paisaje verde entre montañas: es el resultado de una decisión colectiva, una elección comunitaria que transformó la adversidad en proyecto y el abandono en arraigo. Allí, donde alguna vez el futuro parecía emigrar junto a su gente, un pueblo decidió quedarse y sembrarse a sí mismo.

A fines de la década de 1960, la localidad atravesaba un proceso silencioso pero profundo de retroceso social. La caída de la actividad minera y la disminución de la producción ganadera provocaron un éxodo progresivo: viviendas vacías, menos trabajo, menos expectativas. Frente a ese escenario, la comunidad eligió no resignarse.

Fue entonces cuando Temístocles Figueroa y su hijo Rogelio imaginaron una alternativa sencilla y transformadora: crear un vivero, producir árboles, generar empleo comunitario. No se trataba solo de plantar, sino de volver a habitar el territorio desde el trabajo compartido y la planificación colectiva.

En 1968, aquella idea se convirtió en acción concreta. Nació el vivero y, con él, una experiencia inédita en la Argentina: el primer bosque comunal del país. Al principio fueron seis hombres; luego ochenta; más tarde ciento sesenta. Cada trabajador asumió el cuidado directo de los árboles, con un promedio de 2.000 ejemplares por persona, plantados y protegidos uno por uno. Así fue creciendo un bosque simétrico y solidario, donde nadie prosperaba en soledad.

Con el paso de los años, la forestación alcanzó las 3.700 hectáreas cultivadas, dando origen a un entramado productivo que incluyó carpinterías, aserraderos y nuevos oficios vinculados a la madera. A esa matriz se sumaron la piscifactoría, los cultivos frutales y una fábrica de dulces artesanales. El bosque dejó de ser solo paisaje: se convirtió en trabajo, identidad y sentido de pertenencia.

Ese vínculo profundo entre comunidad y naturaleza encuentra su expresión simbólica en el Museo del Árbol y la Madera, donde se preserva un ciprés de más de 1.200 años de antigüedad, uno de los ejemplares más antiguos de la Cordillera del Viento. Rodeado de troncos petrificados y especies autóctonas, el árbol recuerda que la naturaleza también guarda memoria y que cuidarla es una forma de aprender a leer el tiempo.

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El Jardín del Neuquén
Hoy, con alrededor de 1.100 habitantes, Huinganco recibe a quienes transitan la Ruta Provincial N.º 43 con un cartel celeste que define su identidad: El Jardín del Neuquén. Bosques de coníferas, ríos transparentes y montañas imponentes conforman un entorno que invita a detenerse, caminar despacio y volver.

Ese modo de habitar el territorio —basado en el trabajo comunitario, el respeto ambiental y la planificación a largo plazo— llevó a que la localidad fuera postulada para representar a la Argentina en el certamen “Best Tourism Villages 2025” de ONU Turismo, reconocimiento que destaca experiencias comprometidas con el turismo sostenible y la preservación cultural.

Huinganco no puede explicarse sin sus árboles. Es un pueblo que entendió que sembrar también es una forma de gobernar el futuro.

Una postal del Neuquén profundo, donde el bosque no es decorado: es memoria viva.

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